LA NOCHE DEL TRAPECISTA

LA NOCHE DEL TRAPECISTA

LA NOCHE DEL TRAPECISTA

AUTOR: MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE.

EDITORIAL: POPAYÁN POSITIVA.

EDITOR: MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE.

PÁGINAS:

ISBN: 978-958-44-7996-9.

PRIMERA EDICIÓN: 2011.

VALOR:

SIPNOSIS:

 

 

 

la musa, esa perdida

Intento poesía y nada. Ensayo un artículo y nada. Estoy anegado. Ahogado en mi propio silencio, en mis propias dudas. Amanecí sin palabras, sin ideas, sin escritura. El aguacero de anoche se lo llevó todo, desde la basura de enfrente de mi edificio hasta las palabras que me acompañaban. Es terrible, es como si un millonario amaneciera con sus cuentas congeladas, o una vaca sin leche, o como si un policía amaneciera sin amor. !Qué angustia, qué desolación, por Dios!

La musa se fue anoche, desapareció mientras dormía. En esta ciudad donde todos los días desaparece gente y nadie dice nada, instaurar una denuncia no tendría sentido. ¿Si no les importa que desaparezca la gente, qué importancia tiene que se le pierda la musa a un escritor? Pero no exageremos. Debe haberse ido con otro, aquí los amores, por el clima, cambian de dueño con frecuencia y nadie dice nada. ¿Se la habrán robado? La gente dice que están robando mucho. Que Ali Babá y los cuarenta ladrones se apoderaron de la ciudad. Dizque tienen carnet para asaltar cajeros, casas, apartamentos, motos, carros y ahora, parece que hasta roban musas. Malditos ladrones. ¿De qué les sirve una musa sin oficio? Es que se roban cosas por robar, por cafres. Si hago el denuncio, mínimo me dicen que debo estar agradecido porque me robaron la musa y a mí no me pasó nada.

¿A dónde se habrá ido esta bandida de dientes grandes y ojos sin límites? Se habrá ido de barragana al parque Centenario, a mirar llover mientras llegan los campesinos para abrirles la bragueta y la billetera, a engrosar ese club de esperpentos que desfilan en busca de un amor sifilítico, del amor sin amor. Se habrá ido al parque de Caldas a lucrarse vendiendo alucinógenos a estudiantes sin padre. Estará vendiendo periódicos amarillistas en el Puente del Humilladero, el negocio de moda que está sacando de pobres a los pobres. Ella sabía que teníamos que trabajar hoy, que tenía que madrugar. ¡Infeliz, irresponsable!

Me hieren los ojos la ausencia de ideas en el corazón. Hasta aquí llegamos carajo; ¿qué será de mí, de mis dedos, de mi computador sin la maldita musa? Un hombre sin mujer vaya y pase, con hablar paja se basta, pero un escritor sin musa no tiene razón de ser. Queda el recurso de intentar robarle la musa a otro, las ideas a otro, imitar a otro del vecindario; pero si mi musa, a la que le hago mantenimiento todos los días, es una barragana irresponsable ¿cómo será la  musa de un escritor de ocasión?…

Ay dios, cómo se sufre sin musa. Es una ausencia insondable. Dolor de huérfano, desorientación absoluta. El corazón late pero no irriga nada. Sin musa no hay presentimientos. El terror me invade ¿A dónde van los desaparecidos? ¿Debo esperar a que aparezca muerta en las afueras de la ciudad? ¿Estará mi musa en una fosa común ahora? ¿Por qué será que desaparece la gente y nadie dice nada?

Sin la musa se puede escribir pero no se puede comprender. La musa nos da la relación con las intuiciones, nos conecta con el cosmos, con los lectores.

Señores lectores: perdonen ustedes; lo lamento, hoy no tengo nada qué decir, nada que denunciar. La muy puta, la muy musa, se fue con otro, o se la robaron, o la desaparecieron, qué sé yo. En esta ciudad ya nadie da razón de nada.

¿HIJOS DROGADICTOS? “DÉJELOS MORIR”

Eran las siete de la noche cuando El Gato comenzó a tiritar. Sus compañeros de juerga le dijeron que se fuera a morir a otro lado porque se les estaba tirando el rato, es más, uno de ellos hasta se atrevió a esculcarle los bolsillos y robarle lo poco que tenía: tres mil pesos y cuatro papeletas de bazuco que aún le quedaban. Como pudo, El Gato rasguñó en la pared el teléfono de su casa para que le entregaran su cuerpo a la mamá. Estaba resignado a morir. Allí supo que a las porquerías de amigos que tenía su vida los tenía sin cuidado. Estaban encerrados desde hacia dos días en una pocilga infernal en uno de los barrios más deprimidos de la ciudad. Las ratas rondaban por su pecho, y las cucarachas y las pulgas pululaban por la cabeza como piojos. Cuando sufrió la tercera convulsión, los otros viciosos lo arrastraron tres cuadras y lo tiraron en una cuneta para que se muriera sin molestar. Pero al Gato todavía le quedaban seis vidas y como pudo se arrastró hasta una calle concurrida, pidió ayuda y despertó días después en el hospital. Allí entendió que no tenía amigos; el vicio lo iba a matar. Y por eso, sin que nadie se lo dijera, tomó una determinación trascendental: salvarse por sí mismo. Entonces empacó dos mudas y su cepillo de dientes, y se internó en la casa de doña Blanca para rehabilitarse. Su corazón había escuchado por fin los ruegos que durante 15 años su madre le había hecho a Dios . Contabilizaba 15 años de perdición con diez o más intentos de cura fallidos en diversos centros de rehabilitación.

El Gato es todo un personaje. Por años fue el rey de El Barrio Chino, La Esmeralda y Pandiguando. Sus días se le iban consumiendo bazuco y las noches rebuscándose unas monedas para sostener el vicio. El apodo no es gratuito; además de sus ojos verdes, rasgados y vivarachos, que hacen juego con sus orejas puntiagudas, es maestro saltatapias y personaje escurridizo como el que más.

Pero El Gato logró lo que para muchos es imposible: la rehabilitación. Fue vicioso, pidió monedas en las calles, robó, asaltó, tocó fondo, pero finalmente salió del infierno. Hoy en día, es todo un señor, y lleva años laborando decentemente. Se volvió a ganar el respeto de su madre, de su familia, pero sobre todo el de su esposa e hijos.

Para él, lo más duro ha sido luchar contra la incredulidad de la gente . “Los que me vieron en las calles no creen que ahora soy gente de bien”. Pero es que cuando se volvió vicioso tampoco se lo creían; en ese entonces era estudiante de Contaduría Pública y había sido tres veces Campeón Nacional de Karate. Mejor dicho, era un Universitario y un Deportista con mayúsculas, pero cayó en el vicio. Nadie está exento: cuidado.

Entre las mil y una cosas que tiene para decir subraya dos: un terapista debe saber de qué habla, haber estado en la perdición y logrado sobreponerse, y ahora sí hablarle al drogadicto como si le estuviera leyendo la mano. Las sicólogas bonitas recién salidas de la U. no curan ni salvan a nadie. No pueden, por más que quieran.

Y dos, si tiene un hijo o hija drogadicta, déjelo, no le diga nada, no hay caso. No hay  bebedizo, ruegos ni rezos, o poder humano externo que le quite el vicio. Pero sobre todo, no lo ayude. No le dé nada: ni plata ni comida, nada. Ni le lave las heridas ni lo lleve al médico cuando esté enfermo, ni lo saque de la cárcel nunca. Si usted se compadece y como madre le da algo, él o ella sabrán que al final “la mamá siempre lo salva”. Y entonces, por su culpa jamás saldrá del vicio.

“Uno se salva cuando lo dejan morir. Cuando a uno lo echan de la casa, y como drogadicto visita el infierno, ve la muerte y al diablo de frente… una y varias veces; sólo entonces, por miedo y por instinto reaccionamos sin prometerle a nadie más que a uno mismo luchar para salvarse. “Ese es mi caso: yo soy la prueba de que uno puede salir de la droga. Salí el día que mi familia dejó de compadecerse de mí; y al enfrentar a la muerte mi familia no estaba allí para salvarme”.

3. BOCETOS

1:Una mujer se toma su píldora del día después. Aun así no puede evitar engendrar el demonio de la duda debajo de su larga cabellera.

2: Era un hombre obeso. Tenía muchas ganas contenidas debajo de la piel. Un día cerró los ojos y las soltó . Ahora es un flaco infeliz.

3:Hacía calor. Mucho calor. La mujer se desnudó. Desde el otro lado de la ventana un hombre la miraba acariciando a Príapo … su perro más cruel y un

4: Era un octubre lluvioso. Un hombre termina de tomarse su café y comienza a pesar. Saca una pistola y se pega un tiro. Quedó vivo. Quiso suicidarse por amor y no pudo. Ahora no tiene ni humor ni amor, pero logró salir en los titulares de un tabloide amarillista.

5: Érase una vez un hombre sin escrúpulos. Robaba de las mamas de su esposa la leche de sus mellizos recién nacidos, para luego ir a comprar leche en polvo. Se estaba enamorando de la cajera de la farmacia.

6: El corazón le latía al ritmo de la música callejera. Robar no era lo suyo, pero hoy no podía/era capaz de contenerse. A una mujer tan bella como Lucrecia bien valía la pena robarle un beso, así fuera con los dones de la imaginación.

Principio del formulario

Final del formulario

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7: Cenar bien, cepillarse bien, dormir bien era su rutina. Pero hoy decidió romper la costumbre y se sentó a ver telenovelas. Al terminar la noche se dijo: “He sido un  idiota”. No supo si lo dijo por el despecho de tantos años sin ver novelas… o por haber roto su rutina.

8: Le hizo guiños, luego le prodigó sonrisas y finalmente le dedicó unas palabras. Nada del otro mundo, pero la mujer cayó en sus redes. Lo que él no alcanzaba a entender de la arácnida/arácnide, es que las telarañas de las Viudas se tejen con días de antelación mientras se cavila en la víctima.

9: Años sin verse. Se quedaron un rato mirándose en silencio. Ella pensando en lo mal que le había pagado. Él, sintiendo el insólito vértigo en sus intestinos. Plagiario y victimario, en otro escenario.

10: Vomitó de pánico con las primeras turbulencias del avión, y todos los pasajeros se rieron de él. Luego, ante el asco generalizado, el hombre rió a carcajadas. “Devolver las atenciones” es un acto de cortesía frente a la grosería de los demás.

11: Se cruzaron muchas veces en el circo, en el aeropuerto, en la plaza de Bolívar… pero como no se necesitaban no se buscaron. Ahora, con el vaso sobre la mesa lleno del hielo de la soledad, chateaban. “Si hubiera sabido que estabas allí…”, escribió ella. “Menos mal no nos vimos”, respondió él. “¿Por qué?”. “Porque soy un asesino, y te habría matado a besos”. Entonces ella ya no acertó en las palabras…

PERIODISTAS DEL DIABLO

Cada periodista tiene una visión del mundo que muestra a través de sus actos cotidianos, pero no todos tienen la intención de interactuar con la historia, ni quieren ser responsables de formar, ni son serios con su trabajo, ni tienen conciencia de sus desafueros, porque son empleados “sin vocación” que laboran para llenar sus estómagos con un salario que para ellos nunca será digno ni suficiente. Y allí comienza el infierno del oficio y de la prensa.

Y se ríe el diablo cuando los periodistas –que casi nunca son los protagonistas– se creen más importantes que la noticia porque tienen un medio a su disposición, o piensan que se les deber rendir pleitesía por hacer un trabajo que consiste simple y llanamente en hacer que la gente se entere de las miserias y maravillas que configuran el mosaico de la sociedad.

El diablo alimenta el ego de los débiles. De allí que algunos periodistas se confundan y pasen del servicio de informar con documentos y hechos, a la egolatría lastimera de opinar para dejarnos ver la estrechez de su intelecto o el lado oscuro de su corazón. Claro, hay periodismo de opinión, pero no todos los periodistas están formados para ejercerlo, y una cosa es tener capacidad para opinar con fundamento, y otra muy distinta arriesgarse/atreverse a decir zarandajas desde la bilis, el amor o el odio para sembrar pánico o desencanto.

Se agitan las llamas del infierno cuando vemos en el panorama a tantos periodistas apabullar desde sus trincheras a sus enemigos con discursos de pretendida autoridad moral, o cuando desorientan al ciudadano reproduciendo opiniones originadas en chequeras sospechosas.

El diablo es puerco y sabe que los periodistas son los cronistas de la historia  contemporánea. Y que con su voluntad de dar a conocer la noticia van construyendo el país que tenemos y el infierno que padecemos. Pero una historia que se cuenta sin análisis, sin comparaciones ni proyecciones por gente de escasa mollera y formación, da al traste con cualquier proyecto de sociedad

Hay que valorar el amor con el que algunos periodistas asumen su profesión porque nos llenan de esperanza al construir de manera positiva el país que merecemos, pero lamentamos también a los que de la mano del diablo se confabulan para atizar los odios y los vientos de la guerra, manipular las estadísticas y provocar la rabia y la desunión entre los pueblos, para hacernos creer lo contrario a lo más evidente.

EN LA MUERTE DE MI ABUELO

El Ángel de la Muerte visitó a mi familia el pasado fin de semana. Vino por mi abuelo Germán Calle Giraldo, y aunque todos estábamos advertidos de su presencia merodeando alrededor de su cama, que uno de los nuestros fallezca no deja de ser un impacto sobrecogedor, y la tristeza ha corrido como lluvia por los ojos de allegados y herederos.

Muere a los 90 años por voluntad propia, digo yo, pues hace quince días dejó de comer y no hubo razón médica ni consejo humano que lo hiciera cambiar de opinión. Decía que desde joven la muerte siempre lo acechaba vigilante: “Pero no se atreve a tocarme porque en mi boca tengo el Salmo 91”. En su inveterada historia de trotamundos refería los cientos de veces que peligró su vida en tantas más travesías por Colombia sin que nunca le hubiera pasado nada grave. Él mismo se aterraba por los años vividos, y cuando los dolores del cuerpo y del alma le quemaban el pecho preguntaba por la muerte, nunca por un médico. Muchas veces le escuché decir: “El secreto para vivir mucho es no tener miedo a morir y tener a la mano el Salmo 91”.

Pero su corazón de viajero no soportó estar postrado en una cama, y comenzó a soñar con las emociones del Viaje Eterno, y sin preguntarle a nadie, tal vez sin él mismo darse cuenta, se preparó para la nueva aventura. Se hizo cristiano practicante, se leyó La Biblia completa varias veces como si fuera un Manual de viajes, y se encerró en su cuarto a orar y meditar de rodillas como un santo hasta que se sintió liviano de espíritu. Cuando salió de sus meditaciones, nos pidió perdón a todos por los abandonos y desaciertos, y sentado en la sala comenzó a observar el comportamiento de la familia como tratando de adivinar los horizontes y avatares de su progenie, o quizá atesorando recuerdos para su nuevo viaje…Murió en su cama, rodeado de sus hijas, un enfermero y el Ángel de la buena Muerte contemplando cómo el viejo le renovó su amor a mi abuela Carola, mientras le agradecía y le pedía perdón –una y otra vez–,  por tantas equivocaciones…

El viejo comprendió, después de tanto viajar, de tantos malabares y hazañas por ríos y carreteras en búsqueda de Dorados y fabulas de ilusiones, que el único lugar donde vale la pena vivir es en el corazón del ser amado, en la tierra donde están los hijos, en el regazo familiar.

Con la profunda ausencia que nos deja la muerte de un ser tan cercano, pienso en esta gran lección de amor y perdón que mis abuelos nos brindan.

“Germán y Carola”, después de 70 años de amores, 7 hijos, más de 20 nietos y una historia de incertidumbres, nos han enseñado que el amor “hasta que la muerte nos separe” es posible; que hay que luchar por el amor porque en el reino de los sentimientos nada es fácil; pero sobre todo, que hay que saber pedir perdón y perdonar a tiempo… antes que el Ángel de la Muerte fije sus ojos sobre nosotros…  y no todos vamos a tener la suerte de vivir 90 años, a menos que lo del Salmo 91 sea verdad, y al leerlo todos los días estemos libres de todo mal y peligro.

Nota: Paz en tu tumba, abuelo. Gracias en nombre de la familia Calle Martínez por el acompañamiento y mensajes de condolencia. Gracias al enfermero Ever Salamanca, de la Fundación “Sabemos cuidar”, por su esmerada asistencia.

NO TODO ESTÁ PERDIDO

Van pasando los años y las arrugas no le hacen gracia a María Engracia. Con el correr vertiginoso del…/ galope de los días en el calendario van llegando las enfermedades, los difíciles cuidados alimenticios y las visitas cada vez más frecuentes al médico. A María Engracia, la vida de vieja no le gusta mucho que digamos. Tener que ir al médico después de los suplicios padecidos para conseguir la cita, la enferma. ¿Quién podría alegrarse de las visitas al médico con estos sistemas de salud, cada vez más perversos y neoliberales?

A mí tampoco me hace fiesta el corazón tener que venir al médico. Pero con la llegada de los carnavales y el nuevo año, me llegó de visita una gripa “quiebra-huesos” que se manifiesta con malestar general, una migraña espantosa y litros de mocos. Al toser, me duelen hasta los tuétanos y por momentos siento angustia por la falta de aire. La doctora, con más protocolo que interés, me toma el pulso y escucha mi respiración. Alcanzo a pensar que para ella es más importante su almuerzo que mi pobre humanidad adolorida y mocosa. Se le nota el desinterés por mis dolores y quejidos. “El sistema y la ley 100, la volvieron inmune al dolor ajeno”, me digo. Me alarga la fórmula con un escueto “Tome líquido y guarde cama”. Me receta unas pastillitas (de esas que prescriben para todo y para nada) y “Vuelva si no mejora”. Le digo que llevo dos semanas enfermo. Sonríe: “Es que ahora anda mucha virosis por ahí suelta; por el cambio de año, tú ya sabes”. Su actitud me produce lástima.

Salgo del consultorio y María Engracia está llorando, me siento a su lado y le pregunto el motivo. Dice que llora por las torturas que le produce la vejez. Entonces, sin saber por qué, me siento a llorar con ella. Un tipo con barriga cervecera viene y pregunta el motivo de mi llanto. Le digo que no sé cómo hace una semana perdí la risa y por nada del mundo que la encuentro, y que la señora llora por su juventud perdida. Y sin más, al gordo se le contagia nuestro llanto. Una adolescente de ojos achinados pregunta por el motivo de nuestra desdicha, y el hombre le responde: “Yo perdí mi salud, ella su juventud y él… dice que la risa”. Y se queda mirándola como diciéndole: “¿Y vos?”. La niña de ojos rasgados se sienta a llorar con nosotros. Pero no con suspiros entrecortados, sino  berridos. La médica sale del consultorio, y cuando todos creíamos que iba a preguntarnos por qué llorábamos (yo hasta sospeché que se iba a solidarizar y a sollozar con nosotros), sin  mediar palabra e ignorándonos de plano, cierra con llave su consultorio, pasa sus ojos indiferentes sobre el coro de llorosos y se va, como si nada, en busca de su almuerzo con papas al ajillo.

Poco a poco vamos dejando de llorar, nos secamos las lágrimas bien con pañuelos, ya con el reverso de las mangas , o simplemente con los dedos. Nos miramos, y comenzamos a reír, al principio con una mueca de disculpa, luego con una sonrisa larga de “qué pena con ustedes”, y más tarde con una carcajada colectiva. Qué “oso”. Llegar al colmo de llorar con gente desconocida, sin más ni más. No despedimos. Antes de alejarme alcanzo a escuchar a doña Engracia: “Después de todo, gracias a Dios, todavía existen los consultorios médicos para venir a llorar”. Salgo del edificio, abatido, y con más ganas de llorar. Acabo de descubrir que al final de unas buenas lágrimas asoman las luces para una sonrisa. Aunque mi risa… sigue extraviada.

OTRA DE BOMBEROS

Como no podía volar como Supermán, y al darme cuenta de que no poesía los poderes de los miembros del Salón de la Justicia, me hice picar de arañas, alacranes, avispas, zancudos y moscas, para ver si  acaso estos bichos, como en las películas, me transmitían sus poderes y me convertían en superhéroe, pero  fue inútil; incluso una noche de tormenta me quedé horas agarrado de un tubo de metal esperando a que un rayo me llenara de poderes, pero aparte de una pulmonía, no pesqué/atrapé ninguno. Porfiando en mi deseo de hacer parte del mundo de los superhéroes me leí un manual de hipnotismo, y entonces me dio por mirar fijamente a los compañeros de clase, quienes, azorados, me acusaban de gay ante los profesores: me parece oír a Gerardo Valenzuela diciéndole al profesor Maya: “Profe, profe… otra vez Valencia me está mirando raro”, mientras se orinaba en los calzones. Y ¡zas!, castigo. Y cuando intenté hipnotizar al profe, suspensión por tres días “dizque por mirarlo raro”. Eso sí, un par de fuetazos de mi papá acabaron con todas las técnicas de vidente hipnotizador, y santa paz.

No obstante, nunca abandoné mi porfía de ser un héroe. Y fue así como pasé años en los Scouts de Colombia, hice cursos en La Cruz Roja y terminé en el Ejército Nacional prestando el servicio militar obligatorio.

Pero el día en que me sentí un héroe con todas las de la ley fue cuando ingresé al Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Popayán. Fue un curso de entrenamiento intenso, místico, aguerrido y exigente; e incluso, arriesgando nuestras propias vidas para aprender a sacrificarnos por los demás, sin esperar recompensa, como hacen los héroes de verdad.

Recuerdo que no bien sonaba la sirena los voluntarios recién graduados salíamos corriendo dejando atrás lo que fuera para llegar al cuartel de Bomberos a prestar un servicio siempre arriesgado y ad honorem, y siempre emocionante. En el camino, con el corazón en vilo, nos íbamos despojando de la ropa cual Supermán para reemplazarlas por el overol, casco, cinturón y botas. Y nos colgábamos de la máquina que salía ululando a toda prisa por las calles, sin saber muchas veces el tipo de emergencia, o los peligros a los que nos íbamos a enfrentar. Recuerdo que no teníamos ni seguro de vida ni salario; ninguna clase de prestación legal o extralegal. Éramos solo Bomberos Voluntarios ofrendando nuestra vida a cambio de aplausos… o de madrazos  (por llegar tarde).

Un día decidí dejar de jugar al héroe. Pero muchos bomberos siguen arriesgando su vida para salvar a otros. En un mundo de ciudadanos indiferentes, egoístas e insolidarios, los bomberos son una esperanza cierta de ayuda porque son los únicos que acuden diariamente a los llamados de emergencia.

Gracias, señores Bomberos de Popayán. Gracias en nombre de la ciudad por estos 60 años de voluntariado y servicio con profesionalismo y dedicación. Ustedes sí son héroes de verdad. 

¿Inteligentes o bocones?

Hace algunos años me gustaba hablar en público y la gente creía que por eso yo era inteligente. Entonces, me rogaban (y obligaban) con exigencias y chantajes morales a decir y ofrecer discursos en cumpleaños, velorios, despedidas, día de la mujer, de la madre, de la suegra, de navidad, en fin; me tenían de trapito de hablar en público, porque según ellos, era el más inteligente, y era el único que podía hacerlo (¡ja!).

Un día decidí rebelarme y no volver a opinar en público por nada del mundo; y me sumé al coro que le hace creer al orador que es inteligente. En realidad me salí del grupo de los vanidosos y bocones que creen que por hablar mucho se es inteligente, y me incorporé al de los farsantes, flojos y burleteros que le hacen creer al otro que es inteligente porque habla en público. Mejor dicho, ascendí de clase en la escala de la hipocresía social y  –supuestamente – aprendí otro secreto del saber vivir: subsistir a expensas de los discursos de los otros.

Me explico con otro ejemplo lo malo de todo este asunto: por razones de miedo, de pobreza moral y de la otra, de no-me-importismo y de pereza, cuando hay asambleas comunitarias con elecciones a bordo donde nadie quiere figurar en la junta (porque es trabajo extra y gratis), mucha gente decide proponer y nombrar en esos cargos al que más habla, al parlanchín del grupo, al preguntón. Y lo nombramos con el argumento hipócrita de hacerle creer que es el más inteligente para representarnos (mientras que por debajo de la mesa estamos muertos de la risa burlándonos del pobre tipo y satisfechos por el trabajo que acabamos de evadir).

Una vez que me retiré del grupo de los inteligentes (es decir, los bocones), y ya como simple ciudadano acomodado y del montón, con un par de amigos de El Club de los Hipócritas nos dedicamos a pasear por iglesias, casas políticas, reuniones sindicales, juntas comunales, entre otros lugares, para escuchar los discursos de los “inteligentes” (que en realidad son pocos, y muchos los bocones que se creen que son inteligentes). Por ahí vimos líderes con discursos verdaderamente incultos, llenos de expresiones grotescas y acotaciones que no tendrían nada que envidiarle a los mugidos o cacaraqueos de cualquier granja. Gente con cero elegancia, diplomacia y educación ídem (a pesar de ser profesionales). Y cada día nos asombrábamos más con la gente que, en su incultura, no le tienen miedo al oso, ni sienten vergüenza ajena. Y claro, me daba risa de mí mismo al recordar cuando me creía inteligente y las personas me ponían a decir discursos y me sonreían y aplaudían, cuando en realidad se estaban era burlando.

Da grima ver a los pseudodisertadores  en los púlpitos de las sectas religiosas, los sindicatos de trabajadores o de maestros. Irrita ver las intervenciones de algunos Representantes a la Cámara y políticos en la tele, o en las sesiones del Concejo municipal, en los salones de clase, o en las reuniones de padres de familia… es decir, produce tristeza y risa (alternativamente) ir a lugares donde se supone que se expresan “los inteligentes”, pero no-no-no-no… “una cosa es una cosa”, y otra muy distinta es una gallina levantando avisperos.

Definitivamente, a veces los grupos sociales actuamos de muy mala fe con algunos pobres de inteligencia, o con los bocones y vanidosos al hacerles creer que son inteligentes. Y por otra parte, hay que ser muy cara dura o  un poco imbécil para posar de inteligente siendo tan mal hablados, tan incultos y tan grotescos… Yo, por eso, no vuelvo hablar en público, y evito ciertas reuniones porque me parto de la risa. Pero eso sí, de vez en cuando leo algún manual y hago ejercicios de oratoria para cuando me vuelvan a ver la cara de imbécil y me pongan (a la fuerza) a dar discursos porque parezco inteligente, y porque escribo estas columnas tan, pero tan inteligentes. 

BRUJAS

A mi casa suelen venir las brujas. Una vez atrapamos una en el techo a las seis de la mañana. Estaba desnuda, con los cabellos alborotados, la escoba en la mano y temblando de frío. La había cogido el día y no pudo escapar porque solo pueden volar de noche, según nos dijo. Le dimos de desayunar y a continuar me pidió disculpas por los “chupados” (la  cantidad de moretones que me había proporcionado –en el cuerpo y en el alma– durante la noche). Al verla de cerca descubrimos que era la señora que vende minutos de celular en la esquina del barrio. Y nos reveló que las brujas no solo tienen  los chismes a flor de labios, la nariz donde no deben y lunares en la conciencia: “Las brujas –nos dijo–, detentan intrigas en las manos, envidias en los ojos, groserías en la lengua, y se peinan cada mañana con un par de hipocresías”.

Las brujas van solas a los bares en busca de pareja, dan sexo gratis y te pegan el sida, al que generosamente llaman “la lleva”. A veces ofrecen un poquito de droga, te regalan un par de dosis, te hacen gastar todo tu dinero en el vicio, y cuando ya estás en el infierno de la drogadicción, te abandonan en las manos del diablo. A veces, te mandan besos con los dedos y te guiñan los ojos hasta que las invitas a subir al carro, entonces es cuando te roban en compañía de cuatro diablos que aparecen de la nada, te quitan el dinero, te hacen vaciar el cajero automático, te desnudan y te dejan tirado en un basurero, muerto de miedo.

A veces te coquetean con sus minifaldas y tobillos de mula, incitan al sexo, se hacen preñar y te hacen papá a punta de engaños. Luego te demandan ante una jueza feminista y te cobran a precio de oro, y en módicas sumas mensuales, ese polvo por el resto de la vida (por eso, con brujas sin condón “ni pío”). Hay brujas que con sus encantamientos infernales disimulan los cuernos que te ponen o esclavizan tu voluntad hasta la muerte misma. Y para colmo, hoy les tienes que dar su caramelo; porque que las hay, las hay

PAYASOS

Avisaron que había elecciones y del circo de Los Hermanos Mediocres surgieron payasos, micos, enanos, duendes, mujeres barbudas, focas, y tenebrosos empresarios amigos de lo ajeno, los con la viva aspiración de ser alcaldes, ediles o diputados.

Maromeros hambrientos de la torta del erario público. Payasos egocéntricos y veleidosos que se  , reputan de sinceros y honestos, y de “proba” nariz roja. Animales de raro carácter; preparados, profesionales. Unas joyitas. Almas de Dios sonrientes y dispuestos a divertir “al respetable…” con sus mentiras y promesas de oropel.

A algunos de estos micos de circo no los reconoce ni la mamá, y no tienen más votos que los de su vanidad, pero aun así dicen ser la alternativa política más viable para el municipio. Payasos con hoja vida de empleados públicos marrulleros, tránsfugas, torcidos, pero que no obstante dicen ser la alternativa política más honesta para el municipio. Payasos camaleónicos (o voltearepas que llaman) que un día fueron liberales, ayer conservadores, hoy independientes; payasos cesantes, que al figurar buscan engañar incautos (porque saben que nunca saldrán elegidos, y en el fondo tampoco lo desean) aspirando al dinerito que da el gobierno por cada voto o a una canonjía de esas que le ofrecen a los candidatos perdedores. Payasos figurines (y sin-vergüenzas) a quienes lanzan para estorbarle el caminado a otro y dividir los partidos. Payasos-reinas de belleza que solo denigran de la silicona ajena, y no tienen ni la más remota idea de cómo se diseña un programa de gobierno. Payasos patrocinados por mafias de la salud, el terrorismo, los paras, la guerrilla, los juegos de azar. Candidatos –digo, payasos– piñatas y otros piratas. ¡Que viva el circo! – ¡Ja-ja-ja!

Menos mal contra ese bestiario, hay candidatos serios, con ideas. Gente honesta, políticos de “cartas responsables” con soluciones al desempleo, la pobreza…

De nobles y ociosos

En Popayán, desde 1602, siempre se  ha privilegiado la educación privada frente a la pública. El problema de la escuela privada, organizada con dineros de padres pudientes y el mecenazgo de comerciantes que reconocen el valor de la educación para el desarrollo de sus hijos, ha sido vivir con el lastre ideológico de querer perpetuar un reconocimiento aristocrático e hispánico a través de sus apellidos y herencias. Salvo las primeras generaciones de egresados del Real Colegio Seminario –con fundamentos jesuitas y donde se formaron próceres como Caldas, Cabal, Zea, Torres y José Hilario López, entre otros– la participación nacional de los caucanos ha descollado parcialmente en el ámbito de las ciencias sociales, algo en las áreas científicas, mientras el aporte en la industria, la empresa y el desarrollo regional ha sido más bien precario.

La educación privada ha formado “ciudadanos” para emigrar hacia otras regiones o vivir de la burocracia con mentalidad de nobles ociosos que desprecian los oficios y las artes por considerarlas indignas y deshonrosas; ideología paupérrima que hoy es motivo burla.

De otra parte, desde los primeros maestros públicos que ejercieron en el Cauca desde el siglo XVIII, además de trabajar con sueldos precarios y faltos de recursos, han sido utilizados como instrumentos ideológicos más que pedagógicos. Primero, obligándolos a enseñar religión e infundiendo una mentalidad de aceptación de la pobreza como vocación y voluntad divina. Luego, cuando los maestros se organizaron en sindicatos, fueron convertidos en parlantes ideológicos para fomentar el rechazo a todos los estamentos del Estado, pero a la vez creando una mentalidad asistencialista y autocompasiva.

Ni la escuela privada ni la pública han tenido en su misión y visión –más allá de las mentiras del papel–, una propuesta educativa (o al menos una discusión seria) para afrontar los desafíos de la modernidad desde la educación, partiendo de la creación de un sentimiento de región.

A lo largo del tiempo se han hecho muchos diagnósticos sobre el Cauca que revelan las cifras de nuestra pobreza. En los foros se divulgan proyectos elaborados en directorios políticos o ministerios realizados por profesionales de los escritorios del parque Caldas para la viabilidad, la inversión, el remiendo o la implementación de programas que –dicen– son la solución a todos nuestros males. Pero ninguno parte de la raíz de educar, formar y estructurar una mentalidad distinta a la de ser burócratas o la de trabajar la tierra y las minas como negros, indios y mestizos pobres.

La educación privada debería dejar de enseñarle a sus estudiantes a soñar con irse a vivir al exterior con el cuento de que aquí no hay nada qué hacer; la educación pública –más politizada que pedagógica–, debería revisar sus contribuciones a la educación para la viabilidad del Cauca; y el SENA… cuya fama se cimenta más en la propaganda que en la realidad, con su devaluado sistema pedagógico lancasteriano que reemplazó profesores por monitores y a éstos por computadores, debería evaluar el daño que le hace al país repartiendo títulos a diestra y siniestra como naipes.

LA PERRA QUE MAGULLÓ MI CORAZÓN

ADVERTENCIA: lectura no apta para mojigatos.

Desconocidos me propusieron acompañarlos “a ver una película secreta”, según sus propias palabras. Una sorpresa, algo para mis columnas. Y yo, de puro aventurero, acudí. Sólo había una condición: nada de preguntas, ni antes, ni durante, ni después de la proyección, viera lo que viera. Si me decidía tenía permiso para hacer la denuncia sin fechas, sin nombres… y como les digo, de aventurero, fui (todo para contarle una buena historia a mis lectores).

Me recogieron en punto de las once una noche de luna, me pidieron subir atrás de una camioneta donde el frío, el viento, el sereno y tal vez la tristeza que magulló mi corazón horas después, me mandó a la cama por tres días con una gripa de huesos dolorosos, dolor de cabeza y litros de moco. Virus provocado por “un bajón en las defensas”, manifestó mi médica de cabecera.

Llegamos a un despoblado, al que escuché que llamaban “El Pit”. Nos bajamos –ya había varios carros estacionados– y nos acercamos a una fogata. Me pidieron que esperara mientras se concertaban en los negocios: “Las apuestas, man”, oí decir. Me arrimé a la fogata para recordar mis tiempos de scout, pero en eso “una perra” comenzó a buscarme juego. Era una loba siberiana con unos ojos rasgados, divinos, que hechizaban a la luz de las llamas . Me lamió la mano, me hizo amagues y gruñidos, pero yo, indiferente, la rechacé sin saber que horas más tarde, con el corazón en la mano, estaría llorando por ella.

Tuve el pico cerrado seis horas, pero los ojos muy abiertos mientras miraba con impotencia una serie de peleas de perros sedientos de sangre. Combates de apuestas millonarias (la más “chichipata”, escuché, fue de dos millones de pesos) casadas por gente que reía y bebía deleitándose con el dolor y la muerte “de los mejores amigos del hombre”.

Los perros tenían a su favor destrezas innatas/ congénitas, perseverancia, fuerza, y sobre todo, deseos de ganar y sobrevivir… pero esa noche todos tuvieron mala suerte, todos murieron. A veces había que hacer pausas por una mordida encajada y en la que el can no soltaba a su presa; entonces un baquiano los separaba y continuaba la lucha. Hubo sangre, gruñidos, ladridos y forcejeos. Fue un encuentro de peleas concertadas de todos contra todos donde al parecer lo único que importaba era el peso. Los pitbull eran infalibles, los doberman ágiles, los bóxer y rottweilwer de lances feroces y certeros, pero ninguno sobrevivió a pesar de las terapias de choque del baquiano, terapia que muchas veces consistió en ayudarlos a morir, mejor dicho, en rematarlos.

Al final quedó un pitbull vivo rengo y ensangrentado hasta el alma; el dueño, un gordo borracho dijo que apostaba “diez paquetes” a que aun así era capaz de derrotar al que le pusieran al frente… pero ya no había más perros. Entonces clavó su mirada en la loba siberiana. El dueño le dijo que no, que no era de pelea, que era hembray estaba preñada. Entonces lo carearon todos, y doblaron la apuesta al punto que al amo le quedó difícil rehusarla y se le midió. Vi que le inyectaron algo y se la tiraron al pitbull que le clavó los colmillos de una en el cuello y la sacudió por los aires como a un muñeco de trapo. La euforia fue total. La perra se fue muriendo entre gemiditos tiernos, boqueando, triste, con el estómago convulsionando… yo creo que las lágrimas eran por sus cachorritos…

A las seis de la mañana la gente “se empezó a abrir del parche”. A los perros, los fueron tirando de uno en uno a una furgoneta. Y fue allí cuando hice la única pregunta de la ”velada”: ¿Adónde los llevan?

– Sssshhh– me respoindieron–, pero si quiere saber más, se lo contamos más tarde, después de comer hamburguesas, ¿porque le gusta la comida de la calle, verdad?

Entonces les contesté con otra ironía, antes de darle rienda suelta a un estrepitoso estornudo.

–Sí, como a los perros…  ¡ahhhh shutttzz!

LAMEN, BRINCAN Y LADRAN 

Nada peor que mirar a un perro a los ojos cuando tenemos la conciencia empañada por alguna acción éticamente incorrecta. Por ejemplo, cuando castigamos al niño de la casa, el perro nos mira con una tristeza tan infinita que es imposible no sentir vergüenza. La mirada triste de un perro es capaz de conmovernos hasta la médula, y por eso, a veces pienso que los perros son ángeles de la guarda disfrazados que nos rondan, vigilan y acompañan.

Y aunque los perros son fieles, pasan inadvertidos, exigen poco y perdonan todo, están en una escala menor frente a todos los objetos y artículos que los hombres podemos disponer. Por tal motivo, los podemos regalar, vender, comprar, botar, cambalachar, maltratar… en fin, con ellos se suelen cometer todo tipo de desmanes y no hay religión ni ley que lo prohíba. Pareciera que ni Dios se acordara de ellos.

Los perros, como seres divinos, habitan en todos los países, tamaños, colores y formas. Y mi teoría de que son ángeles no es tan descabellada porque si repasamos la historia, los egipcios tuvieron un perro entre sus dioses –Anubis–, el dios de la momificación. Y en la Biblia, como en las leyendas de la historia universal, los perros se mencionan en cientos de oportunidades. Y son tan antiguos, que en Israel los científicos encontraron un cementerio de perros que data de los años 500 y 400 antes de Cristo.

En América, Europa, África y Australia los perros se tienen como mascotas dentro de las casas, y es una costumbre social que la gente les brinde protección y los cuidados necesarios para su bienestar. Pero así como en las calles hay ángeles errantes, también hay perros vagabundos y con ellos la intolerancia es grande y la compasión escasa.

Se tienen noticias que en Europa del Este, Asia del norte y el Medio Oriente Islámico no se toleran los perros callejeros y regularmente se hacen batidas para cazarlos y matarlos so pretexto de evitar epidemias de rabia.

En Beijing, China, tener perros como mascotas es una muestra de decadencia personal o social y se hacen purgas callejeras periódicamente. Pero si una persona insiste en tener un perro en su casa, debe pagar una licencia costosa, tasada en varios salarios mínimos y llenar trámites como si fuera a adoptar a un animal salvaje.

En Corea y otras regiones de Asia Oriental y Suroriental, como en Vietnam, Camboya, las tribus septentrionales de India, y algunos lugares de Tailandia, Birmania y Malasia donde la población china es numerosa, la gente los mata para comérselos guisados con arroz.

Y en India –el único país del mundo donde la constitución ampara a los animales – son ilegales las matanzas de perros, pero aun así muchas personas los consideran sucios debido a las epidemias de rabia, y cuando hay demasiados, los atrapan para abandonarlos en los extramuros de la ciudad.

En Colombia, ahora mismo, las autoridades sanitarias han determinado que la vacunación contra la rabia debe ser anual, y que todo perro muerto que aparezca en la calle debe ser decapitado para analizar su cabeza en busca de rabia.

Con tantos malos tratos ¿a quién no le da mal de rabia?

LAS VACAS QUE MIRAN

Hay vacas que no comen ni dejan comer, y entonces se dedican a malograr el pasto de los vecinos con la cizaña de sus excesos verbales.

Hay vacas, en algún establo, que no dan ni lástima, y por eso se dedican, con saña y “malaleche” a denigrar de los demás con “mugidos bovinos”.

Hay vacas que no le hincan el diente a nada, y con el hambre de una res asomando en sus ojos, se dedican a mugir a todo pulmón sus propias vergüenzas, sus desdichas, su envidia frente a las alegrías de los demás.

Hay vacas que no pacen las oportunidades en los establos de la vida, sino que se dedican a mirar con pupila vacuna, empachadas de la envidia, la viga en corral ajeno.

Hay vacas que no se alimentan bien y se dedican a rumiar en voz alta sus propios desafueros e ignorancias, porque se es y se da de lo que se come.

Hay vacas locas, que no alimentan ni el cuerpo ni el espíritu, que no trabajan, y de puro brutas e inoficiosas, comienzan a darse contra las paredes; y luego se levantan a enlodar con sus babas y lengüetazos el nombre de cualquier ternero.

Hay vacas sagradas, de lengua y babaza hedionda, cuyo reino es el de la incapacidad y el egoísmo. Son gordas, inanes y mediocres. Son de mala leche y mugidos venenosos.

Hay vacas flacas como cueros viejos, consumidas por la rabia de los éxitos ajenos. No les importa la vida propia, son braveras y embisten a cualquiera, con saña y por la espalda.

Hay vacas horras, que no pueden parir ilusión alguna, entonces se desmandan contra los sueños de los demás. Y con intrigas, bochinches y cuentos de brujas malqueridas se dedican a dañar reputaciones o a inventar chismes de corral.

Hay vacas casquivanas, de lenguas y cascos flojos, rumiantes de prestigios folclóricos, desdichadas y sin dignidad, de egoísmos sin nombre propio, a las que, como al bagazo, “a lo que digan poco caso”.

Hay otras útiles, en cambio, que le permiten a los demás llegar a sus destinos, y que si no sirven se apartan y le permiten al otro construir, sin que su incapacidad se convierta en motivo de obstrucción.

LAS VACAS SAGRADAS, I

A los intocables de un grupo social se les denomina “vacas sagradas”.  Frente a ellos, el resto de parroquianos, como si fuéramos hindús, no podemos ni siquiera mirarlos a los ojos, hacerles un reclamo o desconfiar de sus incapacidades.

Al menos en India, la leche de una vaca sagrada es dadora de vida, pero por acá, estos reyezuelos insufribles son pura malaleche. Y se caracterizan por ser rosqueros, mafiosos, politiqueros, amigos del nepotismo, la dedocracia, el tráfico de influencias, violación de normas y órdenes administrativos, empresas, barrios, etc.

En la India las vacas no le proporcionan al hombre ni leche, ni carne, ni cuero. Por allá las vacas son consideradas parte de la familia, y cuando muere una, la lloran como a la madre que los amamantó. Cuando se enferman, se reza y cuando nace una hay fiesta. Entre nosotros, los occidentales, la cosa es distinta. Cuando se muere una “vaca sagrada” lloramos, sí, pero de la alegría; cuando se enferman, oramos para que se mueran rapidito, y cuando nace una en la empresa donde trabajamos, empezamos a lamentarnos. Y si en la India tener una vaca sagrada es una bendición, entre nosotros “un animal de estos” es un calvario, una aberración laboral, sindical, politiquera, o de cualquier otra índole.

Para lo único que sirve una vaca cebú de la India, es para parir bueyes de tracción. Por acá, las vacas sagradas son igual de inútiles, y lo único que jalonan son problemas para el resto de los mortales que tienen que aguantárselos: ya por borrachos, o incumplidos o morbosos, por viejos gagás malgeniados, o porque se resisten siempre a cualquier cambio, así sea el cambio de clima.

Las vacas cebú soportan cualquier adversidad. A nuestras vacas sagradas más bien provoca matarlas por inaguantables, porque no dejan descollar a los demás, empobrecen las empresas por su terquedad; y lo que es peor, no se mueren ni se jubilan nunca. Al menos en la India el excremento de las vacas sirve como fertilizante o combustible. Por acá, ojala tuviera alguna utilidad la caca y el bla-bla-bla de estos animales tan abominables.

Las vacas sagradas miran por encima del hombro al resto de los mortales. Algunas de ellas se creen la “crema y nata” de una sociedad. O peor: tuertos en un país de ciegos. Y las hay de dos clases: las inanes e incapaces, y las incapaces con iniciativa. Las vacas con iniciativa son una pesadilla, abundan en universidades y sindicatos y para hacerse notar regañan a todos en las asambleas por cualquier motivo. Ofrecen discursos y conferencias ridículas, asisten a cocteles de todo tipo, y pretenden que todos se rían de sus proezas, mentiras y guachadas varias.

Las vacas sagradas de la India, como las de por acá, se saben imprescindibles, importantes e intocables. Mejor dicho, se sienten como “la última coca-cola del desierto” y son de fácil identificación: tienen contratos indefinidos, amigos o familiares en el poder que los protegen, las cosas se tienen que hacer a su manera, no aceptan trabajo extra, llegan tarde, se ufanan de sus “proezas” pasadas, son descomedidos, cuestionan los cambios, no proponen nada, entorpecen todo, su voz quiere ser la última palabra, se creen superiores, su ley es la del menor esfuerzo; pero sobre todo, son un problema para todo y para todos. Y como cualquier vaca silvestre, suelen echarse en un santiaména cualquier pastal, por más paradisíaco que este sea.

LAS VACAS SAGRADAS, II 

Nadie puede negar que hay vaquitas sagradas buena gente, responsables y hasta agradables, que ejercen un liderazgo positivo, pero la mayoría son inmamables y temibles.

Las vacas sagradas negativas se creen la mamá de todos los pollitos. Se las dan de importantes y creen que son intocables hasta de la mano de Dios, pero se les olvida un proverbio que ya les tiene señalado el destino: a todo cochino (marrano) le llega su hora. Debe haber un error en el refrán puesto que esta es una tradición en la que se come pavo y no marrano

Las vacas sagradas, además de tener un ego insoportable, creen que tienen privilegios incuestionables, y se las dan de superimportantes e imprescindibles en sus respectivos nichos sociales. Creen que nadie los puede cuestionar, asesorar, recomendar y mucho menos despedir por fijar sus cascos en alguna embarrada. Meten la cucharada o el hocico en todo, intimidan a todos incluyendo a los jefes, y ante su presencia muchos bajan la cerviz, no por respeto sino para evitarlo.

Una vaca sagrada representa siempre un problema, cuesta mucho motivarlas para capacitarse o invitarlas a realizar cambios para brindar mejores servicios. Ni siquiera lo intentan. Pero dicen que de la carne de las vacas sagradas se hacen las mejores hamburguesas, entonces, frente a la tozudez bobina de estos animales hay que hacerles entender que si bien todos somos importantes, nadie es imprescindible, y para ello se tienen armas como la jubilación, la indemnización, los trasladaos, el despido o el desprecio.

Bueno, despedir una vaca sagrada del trabajo no es tan fácil como hacer hamburguesas. Generalmente estas alimañas sociales suelen tener en el bolsillo muy buenas relaciones sociales y políticas que los sostienen en el poder, de allí su seguridad y vanagloria. A veces tienen platica heredada,  u algún título nobiliario cuando no académico que los avale como “doctores de la santa madre iglesia”. Una vaca sagrada en un colegio o universidad es más dañina que un terremoto: sus proyectos de vida están encaminados a obstaculizar las investigaciones, se creen los únicos inteligentes, capaces e importantes, y por ende todo a su alrededor se estanca, y si por casualidad surge algo notable debe llevar su firma, ganando indulgencias con padrenuestros ajenos.

Cuando la vaca sagrada es el jefe, la cosa se complica más porque usualmente su palabra es única y venerable, sus ideas son leyes universales y no se les puede contradecir. Su voz no pide favores sino que grita órdenes, y estas son incuestionables, y por tanto, la salud mental de todos sus subalternos está anualmente en riesgo.

Pero encontrarse una vaca sagrada con “fiebre de vaca loca”, es el acabose. Las vacas locas se dan contra las paredes, babean con ojos de violador sexual, se despachan con verborreas imparables y se le tiran a todo el mundo encima. Ojalá a usted, amigo lector, no le toque convivir con “una calamidad” de estas. De todas maneras pregúntese: ¿Hay en su lugar de trabajo vacas sagradas? ¿Es usted una vaca sagrada positiva o negativa?

 

Marco Antonio Valencia Calle

(Popayán, 1967)

Estudió literatura en Popayán y Filología en España. Ha ganado varios concursos de poesía nacional e internacionalmente, y su novela “El Profesor Espantapájaros” con tres ediciones en un año, constituye un fenómeno de la literatura juvenil colombiana.

“La Noche del Trapecista” es una antología de columnas publicadas en: El Liberal, Proclama Norte del Cauca, Reconstrucción, El Provincial, Visión Cauca, La Nigua, Proyección del Cauca, El Extra de Popayán, El Informativo, Unicauca Hoy, Timbio-City, El Periódico de Bogotá, Testimonio de Ipiales, Diario del Sur de Pasto, las revistas Trueque y Popayán Positiva. Las web: www.periodicovirtual.com;  www.ciudadblanca.com; www.canadahoy.com; www.cronicon.net; www.timbio.blogspot.com; www.popayancity.blospot.com

LA NOCHE DEL TRAPECISTA DE MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE 

“Irreverente podrían decir muchos, pero el significado se queda corto. Mejor dicho, no es suficiente ni preciso para describirlo. Marco piensa, analiza y opina con mente aguda y pluma precisa. Con criterio y hasta con crudeza y, sin embargo, con la sensibilidad que sólo puede tener el poeta que sueña con un mundo mejor” (Ariadne Villota Ospina, Presidenta Corporación Caucana de Periodistas, CCP.)

“Las reflexiones de Marco Valencia emergen del mismo punto donde los demás apenas logramos intuirlas. No afloran tímidas ni vacilantes, sino descarnadas, punzantes e impetuosas; pero, lo mejor de todo, lo hacen vestidas de literatura, de buena literatura”. (Andrés Mauricio Muñoz. Escritor)

“Me gustan las columnas de Marco Antonio Valencia cuando exploran estructuras distintas a las del texto de opinión tradicional y asumen un tono más narrativo para recrear alguna escena donde lo importante es lo cotidiano, aquello en lo que los lectores pueden reconocerse con facilidad”. (Juan Carlos Pino Correa. Escritor, columnista)

“Las columnas de Marco Antonio Valencia son una amalgama de ciudad, poesía y literatura que siempre ponen a pensar a quienes las leen. Sus mensajes, escritos de forma amena y muchas veces haciendo uso de un humor fino, se convierten en centro de discusión y análisis en diferentes puntos de nuestra capital. (Laurentino Tello, Jefe de Redacción El Liberal)

“El enfoque que hace Marco Antonio de las diversas situaciones de la comarca son motivo de reflexión por su lenguaje crítica constructivo, por eso y otras razones vale la pena esperar el feliz nacimiento de cada una de sus columnas. (Oscar García López. Director Proyección del Cauca)

“Cada vez que Marco Antonio decide emplear su verbo para una columna dice verdades. Unta su dedo en la llaga, pone a los ojos de los lectores situaciones nuevas, prevé soluciones. Como un caballero usa en la mano el guante del humor y deja que la reflexión ponga mano a la obra”. (Leopoldo Quevedo. Escritor y Columnista)

“Asumir el reto de escribir para ser entendido no es fácil, pero tener la satisfacción de ser comprendido es mucho más difícil en un medio como el nuestro y creo que Marco Antonio hace esfuerzos notables en ese sentido. Hoy en día Popayán y el Cauca necesitan de sus sabios comentarios”. (Ovidio Reynaldo Hoyos. Director de Súper Noticias del Cauca)

«Marco Antonio Valencia Calle es sobre todo un analista y crítico social que combina de manera interesante lo cotidiano y lo urbano. La capacidad narrativa, la fluidez verbal y el lenguaje sencillo, transportan a los lectores a los mismos escenarios y acontecimientos; virtud que sólo los grandes escritores pueden lograr». (Luis E. Cañar Sarria. Columnista)

«La producción de Valencia Calle, tanto en sus editoriales, como en su poesía, reflejan una recia personalidad y un férreo compromiso con su entorno, con esa dignidad majestuosa que traslucen quienes nada han recibido del destino en forma gratuita.»  (José López Hurtado, Columnista)

“Sus comentarios denotan, a todas las luces, la claridad que tiene sobre la ciudad y la región. A veces mordaz, a veces con diplomacia dice lo que muchos no se atreven.  (Rubén Darío Zúñiga Guevara. Editor Jefe Diario Q΄hubo CaucaQ’hubo)

“Marco Antonio como escritor es una circunstancia excepcional: en sus columnas de prensa ha logrado fundir el periodismo con la literatura en un trabajo artístico y de creación que realiza con la mayor honradez y objetividad. Con su estilo, le presta dignidad literaria al periodismo”. (Alfonso Luna Geller. Director Proclama, Norte del  Cauca)

“Reconozco en las columnas de Marco Antonio su capacidad para plasmar en el papel situaciones de todo orden, con un estilo versátil y agradable que fluyen del alma de un escritor crítico y sincero”. Luis Aurelio Arévalo Cerón. Presidente del Colegio Nacional de Periodistas del Cauca – CNP Cauca)

“Marco Antonio Valencia Calle es de aquellos escritores que le roban vida a la muerte en una pasión sostenida del lenguaje”. (Luís Alberto Barrera Moreno. Columnista. Editor Proclama) 

“La inquieta mente de Marco Antonio no deja que pase un hecho de la cotidianidad sin su minuciosa descripción, para despertar en cada uno de nosotros la curiosidad y el sentir, que sin su llamado nos sería indiferente” (Gisela Delgado. Siquiatra. Columnista)

15 años tenía Marco Antonio Valencia Calle cuando concluía el 8º grado en el INEM «Francisco José de Caldas» de Popayán. En junio de 1983, fin del año lectivo, lideró la empresa de crear un periódico escolar, acompañado de entusiastas compañeros y del profesor del área de español. A ese periódico el sino mismo le dio un nombre: Reconstrucción. Y fue también el bautizo de otro destino: el de PERIODISTA. Desde entonces Marco no ha dejado de escribir un solo día. Este libro es la evidencia.”(Donaldo Mendoza. Director Periódico Reconstrucción)

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