LA FIESTA DE AYER

LA FIESTA DE AYER

LA FIESTA DE AYER

AUTOR: MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE

EDITORIAL: Ediciones Popayán Positiva

EDITOR: Marco Antonio Valencia Calle

PÁGINAS:

ISBN:

CARÁTULA: Collage sobre pinturas de Adolfo Torres

DISEÑO DE CARATULA: GRAFFIC TIMBIO

PRIMERA EDICIÓN 2018

VALOR:

SINOPSIS:

La Fiesta de Ayer

Advertencia 

Pudiera ser que muchos pasajes de esta novela hayan salido dela realidad, pero en todos los sentidos este libro es una ficción; y como tal debe leerse.

A la memoria de Guillermo León.

─¡Mamita, mamita, no se vaya a matar por favor! ─ le suplica Certuche, por el teléfono, a su mamá, desde la Secretaría del colegio.

Al momento tiene una brigada de preguntones a su alrededor: la secretaria, el coordinador, el rector, las profesoras… Porque las malas noticias y los chismes, en mi pueblo, se esparcen raudos, como si estuviéramos en el país de los vientos, donde las corrientes de aire zumban todo el día arrastrando de todo, desde las palabras secretas de los guerrilleros de la montaña hasta los quejidos de los amantes más escondidos, como si fueran las hojas secas de un árbol que se muda.

Manuel Certuche es mi mejor amigo, estamos en cuarto de primaria en la Escuela Antonio José de Sucre, y ambos tenemos nueve años. Meses después, Certuche se muere. Lo atropella un carro en la carretera Panamericana, frente a la panadería, restaurante y hotel El Carriel, justo donde han muerto más de ciento veintitrés personas en los últimos diez años, por la ligereza de algunos conductores «chicaneros», que circulan a toda velocidad, sin mirar a los peatones, convencidos de que el carro que manejan vale más que las personas en la calle.

Otros dicen que los conductores nada tienen que ver, que tirársele a los carros es la forma más barata que tienen los timbianos de matarse, porque los venenos que venden por aquí no son tan efectivos. Una de tantas realidades es que este es un pueblo donde mucha gente intenta suicidarse con Baygón, por problemas de dinero; aunque la mayoría lo hace por problemas de amor. Al parecer, dirá un estudioso de la conducta humana, somos gente bastante sentimental.

La mamá de Certuche sirve de almuerzo papas hervidas, chorreadas con salsa de maní, que al niño le parecen desagradables. Por eso decide irse para el colegio sin almorzar. Su inapetencia y el comentario negativo provocan en la madre un ataque de histeria. La mujer, en llamas de ira, le arroja las papas al niño en medio de gritos insultantes, porque ella ha gastado horas preparándolas con mucho amor, y ahora le sale con que tienen mal sabor. Las papas se estrellan contra la pared, y comienzan a resbalarse con lentitud sobre la espesa salsa armando una pintura abstracta. A él le parece una obra de arte bastante aceptable, pero no puede quedarse a disfrutarla porque tiene que irse con su abuela para la escuela.

Al salir, escucha tras de sí un vaso de vidrio (con jugo de tomate de árbol), que se vuelve añicos contra una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que siempre está detrás de la puerta, debajo de una mata de sábila. Desde la calle escucha que la mujer, rabiosa, le grita una frase tan pesada como un dinosaurio, y que el pobre, jamás de los jamases, podrá quitársela de encima: «¡Me voy a matar por tu culpa! ¡Cuando vengas, desagradecido, me vas a encontrar muerta, por tu culpa, solo por tu culpa!».

La abuela lo lleva al colegio a empellones y regaños. Todo el camino le da cantaleta diciéndole que si la mamá se mata es por culpa de la rabia que él le ha provocado; que si su hija se mata, le dará una paliza que él no olvidará jamás.

─¿Y sí será que se mata? ─ le pregunto.

─Yo creo que sí ─ me dice ──, ya se ha cortado la venas dos veces este año.

Y me pregunta:

─¿Qué será, qué hago?

─¡Tenaz! Llamá, y le decís que no se mate. Pensá que si se mata hoy, mañana no podremos ir a jugar a la cancha de La Marta, con los pelados de la Sucre. Decíle que mejor se mate mañana, después del partido.

Entonces, Manuelito va, y llama desde la Secretaría a su casa. Alguien lo escucha, yo sospecho de «Carebuey», y el chisme de su mamá suicida se riega por todos los rincones de Timbío a través de «Radio Bemba», que es como decir de boca en boca. Yal rato hay todo un batallón de gente a su alrededor intimidándolo con preguntas. La comisaria de familia, el secretario de Gobierno, el rector del colegio, un policía, una fiscal y una jueza, van con él hasta su casa para impedir el drama y la culpa en la conciencia de mi amigo.

La verdad es que la mamá de Certuche está loca desde que su papá los abandonó para irse a España a coger naranjas, hace poco más de un año, cansado de las escenas de celos que la señora le armaba. La gente que se va a coger naranjas nunca vuelve, ni siquiera manda noticias. Es raro.

Desde la montonera de gente se escucha decir un racimo de frases superpuestas: «Las mujeres de este pueblo son muy celosas»; «Por qué será que los hombres de aquí son tan ‘cagadas’. Mira que abandonarla con ese niñito»; «Es que las mujeres de aquí son muy posesivas»; «Qué hombres tan machistas»; «Mínimo fue que no aguantó tanta intriga, y se volvió loca»; «Seguro que ese hombre le dio algún golpe en la cabeza, y la pobre quedó loca». Cuando la mujer ve a tantas personas en su casa, se enfurece; y para sacarlas les grita, y les tira todo lo que sus manos encuentran, como porcelanas y vasos. Y alarma a todos cuando al fulgor de su rabia dice que al volver ese culicagado de mierda se las va a pagar, por chismoso; que le va a cortar la lengua.

Entre varias personas, más de cinco son necesarias, la amarran y la suben a una ambulancia para llevarla a un manicomio en Popayán. Desde allí, a los pocos días, se la llevan para Pasto. Y luego fue como si se hubiera ido a coger naranjas. Nadie volvió a saber nunca de ella.

Certuche es hijo único, tal vez por eso me quiere como a su hermanito. Su vida tiene un sino trágico y bastante complicado. A veces, le digo: «Vos naciste un día en que los planetas se cruzaron mal». Y él se ríe. Incluso un día levantó la cabeza, se puso la mano derecha de visera, y arrugó la cara, con los ojos achinados para buscar los planetas en el Cielo. Yme dice, con cara pícara: «¡Qué tal!, mi abuelita buscándome psicólogo por todas partes, si lo que necesito es un astronauta».

En vacaciones de uno de esos tantos diciembres que vivimos juntos, fuimos todos los días con Certuche a una calle del barrio Belén, a jugar con los compañeros de la escuela. Después de los villancicos, la quema del castillo de pólvora, la natilla con rosquillas y unas rifas que hacen las señoras, jugamos ‘yeismi’ en la calle. En verdad soportábamos la novena, y engullíamos con prisa todo lo que nos daban, sin apreciar los sabores, porque nuestro deseo anhelado era poder jugar ‘yeismi’ de noche. Era un juego tan divertido, que nos rayaba la vida de adrenalina, y nos permitía dormir felices.

Un día de esa Navidad negra que nos tocó vivir, uno de los niños encontró un tarro de pintura, lleno de gasolina, que alguien había dejado por ahí; tal vez un pintor de brocha gorda de los que enviaba el párroco de la iglesia a los barrios para darles los últimos acabados a los pesebres que mandaba a construir para los rezos colectivos de novenas que, tradicionalmente, realizaba. Alvarán, un peladito del barrio San Cayetano, que estudia en la Valencia, le lanza un fósforo al tarro, y este se prende de una vez. Y comenzamos a jugar a «los saltos de caballo sobre el fuego», en una llamarada azulosa. Todo es divertido, hasta que de un momento a otro Certuche se enreda y golpea el recipiente, y un manto de fuego salta del tarro por los aires y cubre la humanidad de Germancito, el hijo de la señora de la tienda, que nos ha ofrecido las rosquillas durante toda la novena al Niño Dios. En fracción

de segundos Germancito se convierte en una pira humana que grita, mientras corre de un lado para otro:

─ ¡Mamá, mamá, me estoy quemando!

El niño necesita muchas cirugías y años de paciencia para recuperar la piel. De los daños en el alma no se podrán recuperar jamás.

A Certuche, de castigo, y para evitar problemas, su abuela lo manda a vivir con una tía solterona que no lo quiere; reside en un barrio nuevo que están construyendo por La Bocana, a la salida sur del pueblo. Es una tía de nalgas grandes, pechos pequeños y la boca torcida, que se porta como la madrastra mala de un cuento infantil. Una señora que se pinta las uñas de negro, llora escuchando y cantando canciones de Leonardo Favio y Leo Dan, mientras hace oficio; y lo castiga, y lo regaña por todo. Una vieja gorda, odiosa y traumada, que cuando Certuche muere triturado por las llantas traseras de la tractomula ─ o él se le tira

para suicidarse y escapar de convivir con ella, quién sabe ─, llega tarde al cementerio para dejarse ver con lagrimones imparables, mientras berrea como un animal y se tira al piso, desconsolada, sobre tumbas ajenas, para repudio de casi todos los que ese día fuimos al cementerio y sabíamos de los maltratos que ella le infligía al niño.

Mi infancia nace y muere en mis aventuras con Certuche. Es él quien me dice, cuando jugamos a los policías y guerrilleros, que yo tengo que ser el jefe «porque vos tenés pinta pa’ jefe»; y con los días ese cuento me lo voy creyendo, y nunca  juego nada, o con alguien, donde yo no sea el jefe. A lo mejor Certuche me dice lo de la pinta de líder por broma, para reírse cuando alzo mi ceja derecha y pongo cara de soberbia, y hago la parodia de un personaje de importancia. Sus palabras me honran tanto, que nunca quiero ser otra cosa, si no soy el líder del grupo, el jefe de todo; y desde allí comienzo a soñar con ser el alcalde del pueblo, y hasta presiento que puedo llegar a ser presidente de la República.

La escuela donde estudiamos se llama Antonio José de Sucre, en homenaje a un prócer de la Independencia americana del que dicen que fue asesinado por el general Sarria, un aguerrido timbiano que llegó a oficial del ejército insurgente en la guerra entre centralistas y federalistas, cuando se construía la patria después de echar a los españoles del territorio nacional.

En clase de sociales el profesor nos enseña a repetir después de él que Sucre fue gran mariscal de Ayacucho, presidente de Bolivia, gobernador del Perú y general jefe del Ejército de la Gran Colombia; y que como él tenemos que honrar el compromiso de estudiar y ser alguien en la vida para el servicio de la patria. Del general Sarria no se enseña nada. No dicen nada. Su nombre aparece en la Historia, pero borrado de la memoria.

En el salón de la profesora Dionisia, la profe más tierna pero estricta de la escuela, somos cuarenta alumnos varones, pero solo dieciséis de los que entramos a primero de primaria nos mantenemos unidos hasta el bachillerato en el Colegio San Antonio de Padua, y con la mayoría, incluso, cruzamos la vida entera y nos acompañamos hasta la muerte.

Alfonsina es hija de uno de los gamonales conservadores más importantes del pueblo. Aquí, si no se es miembro del Partido Conservador, no se puede progresar ni se logra ser nadie, social o económicamente: así ha sido en la historia de este pueblo. Mi abuelo me cuenta que por allá en los años de upa se sacaba a pedradas a quienes osaban decir que eran liberales; e incluso que, como ocurrió en todo el país, en los «años de la violencia», a medianoche se mataba a machetazos a los rojos, como se les decía a los liberales y comunistas; o, simplemente, a aquellos de quienes se sospechara que lo fueran.

Durante 460 años de historia de este municipio pertenecer al Partido Liberal fue uno de los «pecados» más grandes que una persona sensata pudiera cometer.

Los únicos que se atrevían a decir en público que tenían filiación liberal eran los foráneos, que desconocían las costumbres y las tradiciones; o la gente pobre y excluida, que nada tenía que perder porque de nacimiento ya lo habían perdido todo. Por eso los gamonales conservadores y ricos no les prestaban atención.

Nada de raro tiene, entonces, que los personajes pintorescos, como «Sandro», «Trompo», «Figurita» y «El Kiko», por sus limitaciones físicas, por su miseria y su condición de locos, o de bobos de pueblo, dijeran a grito en cuello que eran liberales cuando tenían hambre, o querían fastidiar en público hasta que recibían un plato de comida, una moneda o un trago de aguardiente para que se callaran.

Ser liberal aquí, en este pueblo, es y ha sido peligroso. Eso lo descubre uno desde pequeño, al observar que los únicos que asisten a las manifestaciones políticas de los liberales son los mendigos y los pobres, o alguna gente que realiza oficios menores y labora en la plaza de mercado.

En épocas de elecciones la casa del Partido Liberal se llena de personas foráneas que los líderes locales, que no pasan de tres o cuatro extraños, traen a escondidas en chivas para hacerles creer a los jefes políticos de la capital que aquí pueden sacar uno que otro voto, o para impresionar a la comunidad y pedir que se les unan. Los liberales de aquí son gente que no tiene muchas oportunidades de progreso, y no les importa llegar al poder, sino fastidiar. Son políticos que hacen política por pasión, o por desocupados. Sí, los liberales de aquí o son gente muy inspirada, o gente sin aspiraciones. Pero aun así pienso que cuando sea grande quiero ser liberal. Lo pienso en mis adentros, en mi corazón y no se lo digo a nadie.

Alfonsina a los diez años ya es famosa. Su nombre es como una fiebre que recorre la mente calenturienta de los niños de quinto y de algunos de primero de bachillerato. Me choco con ella una mañana, por casualidad, frente a la puerta de su casa. Estoy de prisa porque hago uno de esos mandados odiosos que mi papá me impone los sábados de mercado, cuando voy a su sastrería para ayudarle en cosas como despachar pantalones, cambiar billetes, traerle la comida, barrer y cuidar que nadie se robe nada, en especial esas tijeras milenarias que tiene, de las que dice que se usaron para cortar la tela para los trajes del Libertador Simón Bolívar, cuando en 1822 se vino a vivir una temporada en la Hacienda El Troje. Vaya uno a saber si semejante cuento es cierto. Pero mi papá es mi papá, y si no le hago caso, y si no le creo sus cuentos, me da soberbias cuerizas. Al viejo se le obedece sin preguntar, se le cree todo lo que diga a fe ciega y se le hacen los mandados sin chistar.

Cuando choco con Alfonsina la miro fijamente, y ella me mira desafiante. Su mirada es un hielo caliente que me atraviesa hasta el alma. Abro la boca para decir algo, mi aliento de preadolescente la inunda, el mundo se borra a nuestro alrededor, o al menos para mí así ocurre. Nada importará durante años en mi vida, más que el recuerdo de ese instante. Descubro, sin saber y sin querer, en cuarto de primaria, el encanto arrebatado y la pasión tenebrosa que produce un amor, o mejor, la presencia de una mujer en la vida de un hombre como yo.

Por los pasillos de la escuela de niñas, la Concentración Escolar Guillermo Valencia, ronda el nombre de Alfonsina como el de la niña más bella y rica del pueblo, la del papá conservador más poderoso y bravo de toda la comarca. «Fernanda Noticias», que es la chismosa del pueblo, dice de ella que es la niña más avezada en amores entre todas sus contemporáneas, porque se ha besado con muchos chicos en la oscuridad del teatro de la parroquia, los días martes, que es cuando presentan cine de clasificación todos. Incluso menciona que sus amigas cuentan que desde los 8 años ella se masturba, que ya tiene vellos en las axilas y en el pubis, y que desde que cumplió 11 años tiene relaciones sexuales con unos muchachos, ya grandes, que están prestando el servicio militar, y que hasta se acaricia lésbicamente con su empleada de servicio, una muda, de patas torcidas y de risa sempiterna. ¡Dios mío, ni para inventar chismes el diablo tiene tanta imaginación! Otra tarde inolvidable en la historia de mi vida infantil ocurre en un partido de fútbol entre mi escuela y los niños de Hato Frío, Sotará. Certuche y yo somos titulares por primera vez. Las niñas de quinto de la Valencia son las invitadas. En realidad, a diferencia de la mayoría de mis compañeritos, a mí no me gusta el fútbol para nada. Pocas veces juego, pues me parece un deporte violento y agresivo.

Pero como dicen que van las niñas, y falta uno para completar el equipo, me hago incluir. Se inicia el partido pero yo me distraigo mirando la gradería en busca de Alfonsina. Me tienen que gritar varias veces para que me concentre en el partido, o para que reciba algún pase que enseguida pierdo porque no logro controlar el balón ni hacer un pase perfecto. De un momento a otro, no supe cómo, meto un autogol y en mi aturdimiento e ignorancia futbolística lo celebro con los brazos en alto, mientras grito ¡goooooooool!, a todo pulmón, y corro en busca de la tribuna de las chicas para ofrecerle el gol a mi amada, mientras todos me miran perplejos, y el profesor de educación física da la orden de sacarme del partido. Más tarde Alfonsina toma la iniciativa, y me manda con Certuche una nota para felicitarme por hacer un gol tan bonito donde me ha dado la gana, y no donde todos quieren;y termina diciéndome «…y gracias por querer celebrarlo conmigo. Ojalá, y para siempre, todo lo bueno de la vida lo quieras celebrar conmigo».

Empezamos a vernos en el teatro de la parroquia. A tocarnos las manos temblorosas, y a veces mojadas de sudor, en medio de la oscuridad del cine; a buscar oportunidades para cruzar la mirada hasta estremecernos, a la salida de la escuela; a reír, nerviosos, por el rumor sobre nuestro noviazgo en la boca de «Fernanda Noticias» y los compañeros de la escuela; a avergonzarnos cuando los adultos de la familia nos preguntan si es verdad lo que dicen por ahí: que somos novios; a mandar razones con las amiguitas: «Decile que saludos». Y de allá para mí: «Que ella te devuelve los saludos con un beso.

─ ¿Y vos que vas a mandar decirle?

─ Que yo también le mando un beso, y que si mañana nos vemos en el parque,

a la salida del colegio.

─ Que bueno, que allá te espera, pero si vas sin amigos.

Y así por semanas enteras, en un noviazgo inocente y puro.

Cuando el rumor de nuestro amor es tan grande, que llega a oídos del viejo cascarrabias y conservador de su papá, él la llama a la sala de la casa, y mientras se toma un café amargo, hecho en su propia finca, mirándola por encima de la taza de su café humeante, le prohíbe tener novio mientras no cumpla 21 años. Si no obedece, la amenaza con enviarla al internado de «las visitadoras», el colegio de bachillerato a la salida del pueblo, en la vía a Sotará, regido por monjas, donde dicen que hay más de doscientas niñas que deben trabajar como campesinas, estudiar como burras y son castigadas como esclavas. A través de su empleada, la muda y alcahueta, nos citamos en la oscuridad del Parque Simón Bolívar, donde siempre nos vemos. Me dice que cuando yo sea grande tengo que ser más poderoso que su viejo, o si no, no podremos casarnos nunca.

─ Pero ojalá no vayas a ser un conservador de los de antes, sino uno tierno y lin-do, de los modernos, de los buenos. Porque los de antes son conservadores tercos que llevan todo a la mala y dan miedo.

Y se va diciéndome que terminemos. Y allí, por vez primera, derramo lágrimas del amor que siento por alguien. Un amor atropellado por obstáculos absurdos que no alcanzo a comprender. De todas maneras, ser el primero en tener novia en la escuela y, más aun, ser el novio de Alfonsina, me da un aire de notoriedad y fama frente a los otros niños, que a mi paso murmuran y se quedan mirándome con respeto y admiración. Y por eso no faltan quienes vienen a preguntarme pendejadas, como, por ejemplo, que si es mejor masturbarse antes de venir al colegio, o a la salida; que si es verdad que masturbarse hace que salgan pelos en las manos; que si acostarse con las sirvientas produce gonorrea; o que si cuando se deja de ser virgen salen barros (acné) en la cara; y que si Alfonsina sabe besar con lengua.

Pasan tres días durante los que mis padres me acosan para que les diga las razones de mi llanto y desgano para pasar alimentos. La respuesta de mi melancolía llega solita, con tremendos golpes a la puerta de nuestra casa. El padre de Alfonsina está energúmeno. Parece un toro de lidia recién picado, de esos que sueltan en los corrales del matadero del barrio Ospina Pérez para los toreos de borrachos en las fiestas de San Pedro, o los carnavales de enero. En su mano derecha agita un papel azul conocido por mí. Cuando mi hermanita abre la puerta, el viejo se entra a la casa, sin pedir permiso, y pregunta dónde estoy; y levanta un perrero con tres rejos de cuero «para darle la paliza que se merece por atrevido y por asesino».

Mi papá lo calma, mientras yo corro a esconderme debajo de la cama. Le dice que hablen como adultos.

Escondido. Temblando. Con los dientes castañeando, y con orín en la entrepierna, debajo de la cama escucho lo que pasa: mi carta a Alfonsina, donde le declaro mi amor más profundo hasta el final de los tiempos, ha sido encontrada en sus manos cuando la hallaron retorcida y babeando con un ataque de epilepsia.

─ ─ Lo que le dice este bandido aquí, le causó ese mal. Y si mi hija se muere, ¡yo mato a ese bandido de tu hijo!

Alfonsina no muere. A través de la muda y de Certuche concertamos vernos en un sitio donde nadie sospecha. Pero, justo cuando por primera vez, y para dar por terminada nuestra historia de amor con un beso en la boca detrás de una puerta, mi perra Natacha, de raza pastor alemán, celosa, o creyendo que la niña va a dañarme, se le abalanza y le clava uno de sus colmillos encima del labio superior, justo en el arco de cupido, y le provoca una herida desde la base de la fosa derecha de la nariz hasta romperle el labio superior. ¡Fatal!

Asu grito de horror, que se me queda para siempre clavado en el cajón de los recuerdos más íntimos, le siguen los ladridos de la perra; mi abuela preguntando a grito limpio qué pasa; y la posterior paliza que me dan mi abuela, mi mamá y, para rematar, mi papá. La Policía, como es la costumbre con los perros agresivos, fusila a Natacha, mi perra, en el parque, con veinte tiros, por orden del gamonal; y mis padres me sacan del pueblo en una noche de invierno, oscura y tenebrosa, a vivir y estudiar en Popayán. Se trataba de evitar el romance y un balazo en mi cabeza, como dice el viejo cascarrabias que me dará si me ve rondando por su casa.

─ Hijo ─ me dice mi mamá para despedirme ──, estoy aterrada de la fuerza de tus palabras. Son tan bellas que lograste estremecer el corazón de esa niña; tanto, pero tanto, que parecía que se iba a morir. Sigue usándolas así: con pasión, con poesía, con música, para expresar lo que deseas, y serás el artista más importante de tu pueblo. Por eso cuando llegues a Popayán te vamos a inscribir para que estudies por las tardes en el Conservatorio de Música del Cauca, y cultives allí esa poesía que te habita. ¡Ah, y nunca vayas a fumar! Con el primer cigarrillo comienza una cadena de malos vicios que dañan la salud.

¿Entendido? ─ Le entiendo. Ella, mi mamá y Alfonsina me hacen sentir una persona especial. Un ser capaz de usar las palabras con pasión para hacer revolcar a la gente, con ataques de epilepsia. No le entiendo lo de fumar, y por eso a los quince días de vivir en Popayán aprendo a fumar, un vicio que una vez que lo adquirí no puedo abandonar por ahí, tan fácilmente, como a una novia de pueblo por miedo a un papá conservador.

Marco Antonio Valencia Calle

(Popayán, 1967)

Estudió literatura en Popayán y Filología en España. Ha ganado varios concursos de poesía nacional e internacionalmente, y su novela “El Profesor Espantapájaros” con tres ediciones en un año, constituye un fenómeno de la literatura juvenil colombiana.

“La Noche del Trapecista” es una antología de columnas publicadas en: El Liberal, Proclama Norte del Cauca, Reconstrucción, El Provincial, Visión Cauca, La Nigua, Proyección del Cauca, El Extra de Popayán, El Informativo, Unicauca Hoy, Timbio-City, El Periódico de Bogotá, Testimonio de Ipiales, Diario del Sur de Pasto, las revistas Trueque y Popayán Positiva. Las web: www.periodicovirtual.com;  www.ciudadblanca.com; www.canadahoy.com; www.cronicon.net; www.timbio.blogspot.com; www.popayancity.blospot.com

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