EL PROFESOR ESPANTAPÁJAROS

EL PROFESOR ESPANTAPÁJAROS

EL PROFESOR ESPANTAPÁJAROS

AUTOR: MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE

EDITORIAL: POPAYÁN POSITIVA / FUNDACIÓN VALENCIACALLE

EDITOR: MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE

EDICIONES: 2008, 2010, 2013, 2015, 2019

PÁGINAS:

VALOR: $30.000

SINOPSIS: Bart Simpson es el apodo de un estudiante inquieto de grado sexto que de un susto hace accidentar a su maestra. En su reemplazo llega un extraño personaje cuya timidez contrasta con la alegría y el bullicio que reina en el salón.  El nuevo maestro inicia su primer día de clases narrando un cuento sobre animalitos de las selvas y montañas de los parques naturales colombianos, en clases orales, amenas y de mucha participación.

Los niños desencantados porque en dos meses no han copiado nada, acusan al profesor, y cuando se va se dan cuanta que con él han aprendido, en dos meses, más de lo que habían aprendido copiando cinco años en sus cuadernos. Un libro de aventuras y travesuras juveniles que hacen ver distinto el colegio como centro de aprendizaje.

 

EL PROFESOR ESPANTAPÁJAROS

DOS PRIMEROS CAPÍTULOS DE MUESTRA

 

“El país de las maravillas era realidad”

-Lewis Carrol-

El profesor nuevo llegó puntual para iniciar la jornada escolar. Era el reemplazo de Doña Nidia, la profe de Biología que estaba en cama con una pierna rota por causa de una broma de Bart Simpson, que la semana pasada le había metido una lagartija en el bolso; y cuando la descubrió, del susto perdió el equilibrio, rodó por las escaleras y ahora tenía un mes de incapacidad.

—Jovencitos —nos dijo la Coordinadora—, les presento al nuevo profesor de Biología. Profesor, le presento a los estudiantes del grado Sexto cero uno.

—Buenos días —saludó con timidez—. Y enseguida, la clase en pleno, le contestamos con todas las energías que pudimos:

—¡Buenos días, señor profesor!

Y sin decir más, la Coordinadora salió y lo dejó con la clase de pie.

El profe, un tipo joven, flaco, de gafas, se quedó mirándonos largo rato. Parecía que quería decir algo, pero de su boca no salían las palabras. Al ver su actitud no pude dejar de imaginar un pajarillo indefenso frente a una manada de leones hambrientos.

Se frotó las manos, carraspeó y todos hicimos silencio a la espera de un discurso de profesor nuevo, pero nada, el hombre siguió mudo y mucho rato después, nos hizo la señal para sentarnos.

– ¿Y qué, cómo les ha ido? – Dijo por fin.

– ¡Muy bien, señor profesor!- Gritamos en coro.

Por su cara, seguro, no se la esperaba la respuesta que le dimos. Abrió los ojos tan grandes como un par de naranjas, suspiró hondo, se arregló las gafas y se fue hacia la puerta. Yo creí que iba a huir: lo vi pálido y como asustado. Pero no, llegó hasta la puerta, la cerró y volvió a encararnos.

—Y bien, ¿les gustan los cuentos?

—¡Sí señor! —Gritamos todos.

—A mí también, y por eso, para conocernos me gustaría que cada uno de ustedes me contara su vida en forma de cuento. ¿Quién quiere comenzar?

Nos quedamos mudos. Ni siquiera nos había dicho su nombre y ya pedía tareas. Y peor aún, no se explicaba bien. ¿Qué era eso de contar la vida de uno en forma de cuento?

—¿Qué pasa?, ¿por qué no hablan? ¿Nadie me quiere contar un pedacito del cuento de su vida? ¿Mmm?

Por supuesto que nadie le respondió.

Es más, nadie se movió, fue el silencio más grande que se recuerde ese año en Sexto Cero Uno.

El profe nuevo no nos gustó ni cinco y apenas se acabara la clase íbamos a correr hasta la oficina del rector y le daríamos nuestra queja. Que contrataran a otro, porque éste de entrada nos parecía malo y hasta caminaba como raro: daba salticos como un pájaro.

—Yo, por ejemplo —comenzó el profesor—, nací en la capital de Colombia un día de lluvias con muchos barrios inundados. Fue un día de reyes magos sin la tradicional representación del pesebre en vivo. ¿En qué mes y qué día nací?

—El seis de enero, profesor. Porque fue un día de reyes magos —, le contestó alguien. Tal vez  el Gordo, no recuerdo bien.

—¿En invierno o en verano?

—En invierno, profesor —contesté yo—, porque cuando llueve los ríos crecen, se desbordan y se inundan los barrios de la gente pobre.

—¿O sea que usted es muy pobre, profesor? —dijo casi automática Ricitos de Oro.

— Y todos quisimos reír, pero nos masticamos la risa cuando vimos su cara. Pues en ese momento todavía no sabíamos descifrar si su gesto era de vergüenza o malestar por el comentario.

—¿En qué ciudad nací? —siguió como si no hubiera escuchado.

—En Lima, la capital de Colombia —respondió Pinocho con pícara maldad.

—¡Uuuuu! —le abucheamos todos recriminando su ignorancia.

—Bogotá. ¡Bogotá es la capital de Colombia! —le gritó una de las niñas del Club de las regañonas.

—Mi papá y mi mamá se conocieron en un parque. Él iba en su bicicleta cuando ella se le atravesó distraída mientras se comía un helado, y ¡pum!, la atropelló… y ambos fueron a dar al suelo, pero en vez de enojarse, rieron, se presentaron y se quedaron mirando fijamente. ¿Y qué creen que pasó allí?

—¡Se conocieron y se enamoraron! —gritó emocionado Pokemón.

—Y a los nueve meses nació usted —aligeró el Flaco Lechuza y todos reímos.

—¿Por qué la gente siempre se enamora en los parques? —Preguntó Caperucita, pero nadie le contestó.

—Los flechó Cupido, el angelito del amor —dijo una de las chicas del Club de las tres tiernas del salón.

Ante los comentarios el profe sonrió y esperó hasta que le permitimos hablar de nuevo.

—Las cosas no fueron tan rápido. Mis padres duraron dos años de novios. Mi mamá era estudiante para ejecutiva del hogar, y mi papá andaba soñando con ser un héroe para salvar el mundo.

—¿Qué hacen las ejecutivas del hogar? —preguntó Gloria.

—Nada —dijo el Pecoso del salón.

—Cocinan, lavan, remiendan, hacen el aseo de la casa y cuidan los hijos… —explicó la niña de trencitas del Club de las Tres Tiernas, que se sienta de primera en la segunda fila.

—Pero no ganan dinero y además nadie estudia para eso —reviró la menor del Club de las regañonas, una que se cree la mamá de todos.

—Pues mi mamá dice que ser ama de casa es el oficio más lindo y gratificante que existe, y el amor que recibe no lo cambia por ningún oro del mundo —explicó la niña representante del curso.

—A mí siempre me dan instrucciones para ser una buena ejecutiva del hogar: ayer, por ejemplo, me enseñaron a hacer café con leche —la apoyó una niña a la que le decíamos la Consentida, por su habladito mimado.

—¡Uuuuuuu! —le gritamos todos en coro.

—Al final mi papá estudió y se graduó en Ecología. Entonces fue a hablar con los padres de mi madre, pidió permiso para casarse con ella, y a los pocos meses se fueron a vivir a las selvas del Amazonas. A un pueblo donde llovía mucho.

—¿Con los indios arawak? —preguntó el Gordo del salón.

—Sí, es verdad, con indígenas… Mi nana fue una india huitota. Y el mayordomo de la casa era un arawak —siguió el profe.

—¿Y usted conoció las pirañas del río Amazonas? —preguntó Voz de ángel, esa niña morenita de la primera fila que cada que habla me confunde y me hace sentir estómagos en las mariposas. Perdón, mariposas en el estómago.

—Sí, las conocí —dijo, arreglándose las gafas sobre su larga nariz.

—¿Es verdad que en las selvas del Amazonas hay serpientes de tres cuadras de largo? —volvió a preguntar el Gordo.

—¿Y es verdad que los micos de la isla de los Micos son caníbales? —preguntó Andrés, al que le decimos Pinocho.

—Los micos no son caníbales. Hubo la necesidad de inventar esa historia para que los cazadores no siguieran importunándolos y así poder preservarlos.

—Y las serpientes de tres cuadras ¿son verdad? —insistió el Gordo.

—Sí, lo de las serpientes es verdad. Además, en medio de la selva hay animales descomunales como armadillos y hormigas, y en los ríos hay peces enormes y peligrosos como el pirarucú y las pirañas.

Alcancé a ver que Bombón, una de las chicas Súper-poderosas y la Consentida se estremecieron, seguramente de imaginar el tamaño de los animales que el profe mencionaba.

—Mi papá me dijo que por allá había un pueblo de gnomos.

-Dicen que en la mesa de Sicayari habita una comunidad de enanos, pero la verdad, nunca los vi —contestó el profe.

—¿Y a usted le dieron de beber caldo de guacamayas para que aprendiera a hablar rápido cuando era bebé? —preguntó el niño al que le decimos Emperador.

—Mmmm, creo que mi nana me dio algo de eso, no estoy seguro.

—¿Y usted pudo hablar telepáticamente con los delfines rosados del río Amazonas?

—La telepatía de los delfines rosados es un mito. Para algunos grupos indígenas son animales sagrados, pero yo creo que los hombres no pueden hablar con los animales, por inteligentes que estos animales puedan ser.

—Leí en un periódico que los delfines son muy inteligentes, comprenden el lenguaje del hombre y es posible comunicarse telepáticamente con ellos —le dije con mucha seriedad.

—Bueno, es cierto que algunos animales, y entre ellos los delfines, son capaces de reconocer algunas órdenes dadas por el hombre. Pero hasta ahora los hombres no entendemos el lenguaje de los animales.

—¿Y su papá mató muchos tigres?

—Mi papá se internó en el Amazonas con la misión de proteger la fauna y la flora.

—¿Cómo así?

—El trabajo de mi papá era evitar que los cazadores mataran a los animales de la selva, o que algunas personas los encerraran en trampas y jaulas para luego venderlos de manera ilegal a zoológicos o circos en las ciudades.

—Y si una persona capturaba un mico y se lo traía para Bogotá, ¿su papá qué hacía?

—Si alguien agredía la fauna o la flora él tenía que llamarle la atención, y a los que mataban o encerraban animalitos en vía de extinción los encerraba en la cárcel, hasta que prometieran  no volver a cazar.

—¿Qué es flora? —preguntó Fernández, un poco apenado por no saber.

—Flora es el conjunto de plantas que crecen en una región.

—¿Y fauna?

—El conjunto de animales de todas las especies de una región.

—Y si uno daña una plantica ¿su papá lo mete a la cárcel? —preguntó temerosa María Elena, mejor dicho Caperucita.

—No creo. Pero en el Amazonas muchas personas con permiso del gobierno están dedicadas a cortar miles y miles de árboles como el cedro y el nogal, y no los vuelven a sembrar; entonces la selva se va quedando sin árboles nativos, y si no hay árboles no hay animalitos, ni humedad, ni se purifica el aire… porque, como ya saben, las selvas son los pulmones del mundo.

—¿Y por qué la gente corta los arbolitos? —preguntó Bart Simpson.

—Para sacar madera, que luego venden para utilizar en la industria del papel, en los talleres de ebanistería y en las obras de construcción, entre otras empresas.

—Y en vez de cortar los árboles, ¿por qué la gente mejor no cosecha los frutos y los venden y así ganan más dinero? —preguntó el flaco Lechuza.

—En el Amazonas los árboles frutales son pocos, y trasladar una canasta de frutas desde el Amazonas a la ciudad sería muy costoso —explicó el profe.

-Pues traen las frutas en un avión, ¿o es que allá no hay aeropuertos? —refunfuñó la Regañona mayor.

—La mayoría de viajes hay que hacerlos por vía fluvial, es decir a través de los ríos.

—Y en submarinos, ¿cierto? —intervino Pinocho.

—No, en medios de transportes acuáticos como planchones, canoas, palanganas, botes, balsas o en barcos.

—Ummm. Y como la navegación de los barcos por un río es lenta, entonces las frutas se pudren en el camino, ¿cierto? —intervino Caremico.

—El otro problema es que si trajeran frutas en un avión, tendrían que venderlas carísimas, ¿cierto? —apuntaló autosuficiente El Emperador.

—Porque si el barco se voltea, las pirañas se comen las frutas, ¿cierto profe? —dijo Pinocho, y todos reímos porque creímos que era una intervención tonta.

—Mmm, no sé. No creo, porque las pirañas son carnívoras y no omnívoras —explicó dudoso el profe.

-¿Omnívoras? —le pregunté desde mi rincón con el brazo en alto.

—Omnívoras quiere decir que comen toda clase de alimentos.

—Como los cerdos y las personas —gritó burlón Caremico.

—¿O sea que a la gente que explota la madera y mata los animales del Amazonas, su papá les jala las orejas? —preguntó Bellota, una de las Súper-poderosas.

—Esa es la idea, cuidar la naturaleza. Además, en algunas zonas se explota el caucho y se esclavizaba  a los trabajadores.

—¿Y cómo se explota el caucho? —preguntó la Representante.

—¿Y su papá liberó a muchos esclavos? —preguntó el Emperador.

—¿Y los esclavos eran gente de piel negra? —preguntó el Gordo.

—Los seres humanos, no importa el color de piel, deben ser libres. Nadie, por nada del mundo puede esclavizar a nadie.

—Pero esos esclavos eran negros, ¿verdad? —preguntó la  Consentida.

—No, no todos los esclavos eran negros. Había esclavos de todas las razas, pero principalmente eran indios arawak, tucanos o huitotos, que son los grupos tribales de la zona. También había colonos de Brasil, Venezuela y Colombia; gente blanca o mestiza que llegaba en busca de aventuras o prosperidad y terminaba enredada en los trabajos de las caucherías.

—¿Qué es una cauchería? —preguntó el flaco Lechuza.

—Una cauchería es una hacienda dedicada a la producción del caucho; caucho que sacan de árboles muy frondosos que al ser cortados, destilan una leche blanca llamada látex, esa leche se coagula y con esa masa como el caucho, se hacen tiras o láminas que luego son secadas al sol o ahumadas para comercializarlas. El caucho se reúne, lo pesan y lo venden a las fábricas para diversas aplicaciones; por ejemplo, la elaboración de juguetes o muebles.

—¿Y por qué dice que esclavizan en ese trabajo? —volví a preguntar.

—Porque algunos patrones no respetaban los derechos humanos de sus peones, obligándolos a  trabajar muchas horas al día, con mala comida, sin pagos, sin atención médica, sin días de descanso…

—¿Y como su papá los liberó, por eso se volvió héroe? —dijo una de las niñas del Club de las regañonas.

—Mi papá ayudó a mucha gente, es cierto. No liberó a nadie, pero les explicó a los hacendados la ley que prohibía esclavizar; y les enseñaba a los trabajadores a no dejarse explotar, a exigir y a dar respeto.

—¿Y sí le hacían caso a su papá? —quiso saber El Emperador.

—Mi papá representaba la autoridad. Y a la autoridad, cuando actúa bien, la gente la respeta.

—¿Y si no se le respeta, qué? —preguntó desafiante Pokemón.

—A una persona con autoridad se le obedece porque seguramente el gobierno o la comunidad le han dado poderes para que actúe contra los que no cumplan la ley; y en los derechos universales  del hombre dice que no debe existir la esclavitud. Además, todo ser humano pensante, por instinto de conservación sabe que no debe dañar la flora, ni la fauna.

—Profe, Pepe Grillo ya tocó la campana, ¿no la escuchó? —gritó el flaco Lechuza.

—Bueno, bueno, entonces ya me voy. Gracias por la atención.

Y salió del salón dando salticos como un pájaro.

Marco Antonio Valencia (Colombia, 1967)

Es autor, entre otros, de los libros Los versos de la iguana (Poesía, 1999), Bestiario familia (poemas, 2005), Oscuro por Claritas (Novela, 2002) y Leyendas extraordinarias de Popayán (Cuento, 2014). La fiesta de ayer (novela 2018), La cicatriz en el espejo (2019)

En su trayectoria literaria tiene reconocimientos como el Premio Nacional de Poesía “Descanse en Paz la guerra”, Casa Silva, Bogotá, 2003 y el 2° Puesto del II Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Temuco, Chile, 2004.  Beca Fundación Carolina 2005, Beca de Estímulos Literarios Popayán 2018.

Email: valenciacalle@yahoo.com

Blog: www.elprofesorespantapájaros.blogspot.com

Un libro valorado pedagógicamente por maestros a lo largo y ancho del país, que ya tiene cinco ediciones y hace parte del plan lector de muchos colegios que lo proyectan  como libro de lectura, pero al mismo tiempo como herramienta inspiradora  para la realizar proyectos de aula en literatura, español, ética, sociales y ciencias naturales.

Sígueme  Instagram @valencia.calle

 


 

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